Últimamente no paro de escuchar podcasts y leer publicaciones que repiten una idea: la deuda técnica ya no importa. Según ese relato, en la era de la inteligencia artificial escribir código y reemplazar sistemas antiguos es tan barato que casi sale gratis.
No estoy de acuerdo. Y no por nostalgia técnica, sino por experiencia. Cuando un discurso promete resolverlo todo, conviene sospechar: para un martillo, todo parece un clavo.
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La deuda técnica es real y no se puede ignorar. Siempre ha existido y siempre existirá en la vida de cualquier producto digital. No aparece en una única fase: se acumula desde el primer día. Salvo excepciones muy disciplinadas, incluso aplicando metodologías como TDD o BDD, la deuda técnica nace en el mismo momento en que nace el software. Aceptarlo es el primer paso para gestionarla.
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La deuda técnica no se "elimina": se gobierna. Hay que convivir con ella en cada sprint, en cada release y en cada versión. El producto no puede dejar de evolucionar; por eso la deuda debe entrar en la planificación estratégica, con presupuesto, prioridades y criterios de impacto.
También conviene recordar algo incómodo: escribir código rara vez es el mayor coste, rara vez es el problema.
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El problema principal no es teclear, es decidir bien. Muchas organizaciones siguen creyendo que optimizar costes es abaratar horas de desarrollo. Pero el cuello de botella suele ser otro: definir qué problema se quiere resolver y qué debe hacer realmente el producto. La calidad de esas decisiones tiene un impacto muy superior al de la velocidad de implementación. Por eso producto y negocio no son adornos: son parte del núcleo técnico.
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La IA puede abaratar tareas, pero no convierte nada en gratis. Reescribir sistemas legacy con IA puede ser útil, sí, pero implica costes concretos: infraestructura, energía, supervisión, integración, mantenimiento y gobierno del consumo. Si una empresa no mide ese gasto (tokens, cómputo, tiempo humano), solo está trasladando la deuda de sitio.
Por eso vuelvo a la metáfora que me ronda desde hace meses: la deuda técnica se parece a la basura espacial. Flota lejos, fuera de plano, y por eso fingimos que no existe. Hasta que su órbita se cruza con la nuestra.
La realidad técnica no desaparece porque cambiemos el relato. Al contrario: cuando la maquillamos, termina volviendo en forma de crisis, sobrecostes y decisiones urgentes.