Basura espacial

Últimamente no paro de escuchar podcasts y leer publicaciones que repiten una idea: la deuda técnica ya no importa. Según ese relato, en la era de la inteligencia artificial escribir código y reemplazar sistemas antiguos es tan barato que casi sale gratis.

No estoy de acuerdo. Y no por nostalgia técnica, sino por experiencia. Cuando un discurso promete resolverlo todo, conviene sospechar: para un martillo, todo parece un clavo.

  1. La deuda técnica es real y no se puede ignorar. Siempre ha existido y siempre existirá en la vida de cualquier producto digital. No aparece en una única fase: se acumula desde el primer día. Salvo excepciones muy disciplinadas, incluso aplicando metodologías como TDD o BDD, la deuda técnica nace en el mismo momento en que nace el software. Aceptarlo es el primer paso para gestionarla.

  2. La deuda técnica no se "elimina": se gobierna. Hay que convivir con ella en cada sprint, en cada release y en cada versión. El producto no puede dejar de evolucionar; por eso la deuda debe entrar en la planificación estratégica, con presupuesto, prioridades y criterios de impacto.

También conviene recordar algo incómodo: escribir código rara vez es el mayor coste, rara vez es el problema.

  1. El problema principal no es teclear, es decidir bien. Muchas organizaciones siguen creyendo que optimizar costes es abaratar horas de desarrollo. Pero el cuello de botella suele ser otro: definir qué problema se quiere resolver y qué debe hacer realmente el producto. La calidad de esas decisiones tiene un impacto muy superior al de la velocidad de implementación. Por eso producto y negocio no son adornos: son parte del núcleo técnico.

  2. La IA puede abaratar tareas, pero no convierte nada en gratis. Reescribir sistemas legacy con IA puede ser útil, sí, pero implica costes concretos: infraestructura, energía, supervisión, integración, mantenimiento y gobierno del consumo. Si una empresa no mide ese gasto (tokens, cómputo, tiempo humano), solo está trasladando la deuda de sitio.

Por eso vuelvo a la metáfora que me ronda desde hace meses: la deuda técnica se parece a la basura espacial. Flota lejos, fuera de plano, y por eso fingimos que no existe. Hasta que su órbita se cruza con la nuestra.

La realidad técnica no desaparece porque cambiemos el relato. Al contrario: cuando la maquillamos, termina volviendo en forma de crisis, sobrecostes y decisiones urgentes.